Mitología y Heroes by Skymoon

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Apolo y Artemisa. El Sol y la Luna. mayo 20, 2008

Archivado en: Mitología griega — skymoon @ 6:35 pm

APOLO, EL DIOS RADIANTE
Según el mito, Apolo era hijo de Leto y Zeus y hermano gemelo de la diosa Artemisa. Nació en Delos,

emplazamiento de la celebración de su culto, razón por la cual también se le conoce como Apolo Délico. El otro emplazamiento del culto apolíneo era Delfos. Su abuela era la Titánide Febe y, en ocasiones se le denomina con la forma masculina de este término, Febo (radiante). En época posterior se le empezaría a asociar con luz y el sol.


Apolo posee una de las gamas de atributos divinos más amplias y su representación más extendida es la de un joven apuesto. Protector del tiro con arco, sus flechas llevaban enfermedad y calamidades a los humanos pero, paradojicamente, también era protector de la medicina y padre de Asclepio, el más grande de los médicos míticos. Protector así mismo de la música y de las artes, suele aparecer con una lira. Según cierto mito, el sátiro Marsias recogió la flauta que había maldecido Atenea y se atrevió a desafiar a Apolo a una competición musical. Al igual que la mayoría de los Olímpicos, Apolo detestaba que se pusiera en entredicho su poder, y cuando Marsias perdió, el dios ordenó que lo desollaran vivo por su insolencia.
Apolo fue desterrado del Olimpo en dos ocasiones. La primera vez por haber conspirado contra Zeus junto a Poseidon, Hera y Atenea, y la segunda por haber asaeteado con sus flechas a los cíclopes, aliados de Zeus. Su primer castigo, al servicio del rey Laomedonnate, consistió en construir las murallas de Troya pero como el monarca se negó a pagarle lo convenido, Apolo se vengó enviado sobre la ciudad una peste que diezmó a la población. La segunda fue desterrado a Tesalia para cuidar los rebaños del rey Admeto, el esposo de Alcestis. Una vez superadas estas pruebas, Apolo recuperó su libertad y su puesto en el Olimpo.
Apolo vivió numerosas aventuras amorosas, la mayoría de las cuales acabaron trágicamente. Varias ninfas despertaron su pasión, pero no siempre lo recibieron con los brazos abiertos; [b]Cirene[/b] , que concibió de el a Aristeo; [b]Clitia[/b] a la que transformó en heliotropo para castigarla por haberle traicionado; [b]Dafne[/b], que para escapar del insistente dios, suplicó y obtuvo ser transformada en laurel. Tuvo amores con las Musas, como Talía, con quien engendró a los coribantes, o Urania de cuya unión se dice que nació Orfeo.
Entre sus amantes figuran también algunas mortales; la infiel [b]Corónide[/b], con quien tuvo a Asclepio; [b]Creusa[/b], madre de Ión, [b]Castalia[/b] una sencilla joven de Delfos que huyó de él y fue transformada en fuente; [b]Psamate[/b], que concibió a Lino; [b]Casandra[/], que horrible un castigo por haberse negado a ceder ante el dios. Apolo amó también al joven [b]Jacinto[/b] y lo convirtió en flor cuando un accidente le privó de la vida; la metamorfosis en ciprés de [b]Cipariso[/b], otro joven que despertó su pasión, casuó en el dios una gran aflicción.
Las funciones de Apolo son múltiples; dios de la armonía, se le atribuye la invección de la música y de la poesía, que hechizan los corazones de hombres y dioses; se sirve para ello de la lira, qe obtuvo de Hermes, y también de la flauta . Es también el dios que purifica: conoce el arte de sanar los cuerpos, alejando de ellos toda impureza. Es el dios del calor solar que hace germinar y madurar los frutos, dios del verano, que cada año trae a los hombres cuando regresa del lejano país de los hiperbóreos. El poder de este dios es temible, tan temible como el del Sol, del una imagen mítica: mata con sus flechas a los hijos de Níobe y envía pestes contra las huestes de Agamenón, que no respetó a la hija de su sacerdote Crises.
Dios guerrero se pone al lado de los troyanos durante el conflicto con los aqueos. Lobos, cabritillos, cines, cuervos y defines son sus animales preferidos y su planta sagrada es el laurel -tributo a la esquiva Dafne- cuyas ojas masca la pitia durante sus trances.

Cita:
Amantes relevantes

Casandra;Casandra es hija de Príamo y Hécuba y es hermana gemela de Héleno. Al nacer, se hizo una fiesta en el templo de Apolo, en las afueras de Troya.

Al anochecer, los padres se marcharon y dejaron a los bebés en el templo por un olvido. Al día siguiente, cuando regresaron a recogerlos, los gemelos estaban dormidos y dos serpientes les pasaban la lengua por los órganos de los sentidos para purificarlos. Los padres empezaron a gritar de angustia, ante lo cual las serpientes se retiraron. Fue así como Casandra y Héleno tuvieron el don profético cuando fueron adultos.

Otra versión de la leyenda, indica que Apolo se había enamorado de Casandra y le prometió a la joven el don de la profesía se aceptaba entregarse a él. Ella aceptó, pero una vez iniciada en las artes de la adivinación, se negó a cumplir su parte del trato. Ante esto, Apolo le escupió en la boca y le retiró el don de la persuación, por lo que aunque ella dijera la verdad, nadie le creería.

Lo que sucedía con su don de profecía, es que el dios Apolo tomaba posesión de ella, y en ese estado ella formulaba los oráculos. El don de Héleno era diferente e interpretaba el porvenir, mediante la examinación de las aves y signos exteriores por el estilo.

Casandra es fundamentalmente conocida por sus predicciones en dos momentos cruciales en la historia de Troya. El primero ocurre cuando ella predice que Paris -siendo desconocido- traerá la ruina a la ciudad. Cuando éste va a ser condenado a muerte, ella reconoce en último momento que el joven es hijo de Príamo.

Después, cuando Paris aparece con Helena en Troya ella indica que el hecho provocará la ruina de la ciudad, pero nadie la escucha. Luego, después de la muerte de Héctor, cuando regresa Príamo, ella descubre que su padre trae el cadáver de su hermano antes de que este hecho se sepa.

Además, se opone rotundamente junto con el adivino Laocoonte a que se introduzca el famoso caballo de madera, pues ella sabía que éste era una trampa y que adentro venían guerreros aqueos. Por supuesto, nadie le cree y Apolo envía unas serpientes para que devoren a Laocoonte y a sus hijos. Por eso, los troyanos permiten que el caballo entre en la ciudad.

Durante el saqueo, Casandra se oculta en el templo de Atenea, pero Áyax la persigue. Ella se abraza a la diosa, pero Áyax no se detiene y la arranca de ésta, provocando que la estatua se tambalee. Ante esto, los troyanos se ofenden y van a lapidar al joven guerrero, pero éste se refugia en el templo que acaba de ofender y se salva.

Posteriormente, cuando los aqueos se reparten el botín, Casandra es entregada a Agamenón, quien se enamora perdidamente de la joven. Ella se había mantenido virgen hasta el momento, pero ahora le pertenece a Agamenón y de él tiene aparentemente unos gemelos llamados Teledamo y Pélope.

Según una versión, cuando Agamenón llega a Miscenas, su esposa Clitemnestra lo mata y asesina a Casandra por celos, aún cuando ella misma tenía un amante.

Casandra es también conocida como Alejandra, y Licrofón la hace protagonista de un poema que se cree profético.

Jacinto era el joven hijo de Amiclas, Rey de Esparta (según otras versiones, de la Musa Clío, y su hermosura empalidecía a la de los mas hermosos Dioses del Olimpo. Apolo se enamoró perdidamente del muchacho.

El dios, una de las deidades mas hermosas, a menudo quedaba con Jacinto en el Río Eurotas, en Esparta, para pasar el mayor tiempo posible con su joven amado, enseñándole a disparar el arco (según otras versiones, el disco) y a tocar la citara , ya que Jacinto era especialmente sensible y capacitado para la música, entre otras de sus muchas cualidades.

No solo Apolo se había prendado del adolescente. Céfiro (dios del viento) y Tamiris un renombrado músico cayeron hechizados por la dulzura y belleza del joven príncipe.

De Tamiris se dice que fue el primero que se enamoro de alguien de su sexo. Era hijo de un afamado músico quien le transmitió sus dotes para el arte musical.

Cuentan las leyendas que Apolo, ante la competencia del artista, se dedicó a lanzar infundios para desacreditar a la divinidad ante otros músicos y ante el propio muchacho.

Las calumnias estaban bien preparadas y llegaron a mencionar la superioridad de su voz y de sus capacidades interpretativas frente a las de las mismas Musas. Esto fue la perdición del músico, por cuanto las Musas no tienen ni admiten superiores en ningún plano de la creación artística.

Estas divinidades tomaron represalias, y en un instante descargaron su enfado sobre Tamiris, quien por haber propalado que era capaz de vencer a las Musas con su melodiosa voz, fue condenado a perder la vista, el habla y la memoria.

De este modo Apolo se quitó de en medio a un peligroso rival.

Pero aun quedaba la presencia de Céfiro (Dios del viento del Oeste), que incapaz de competir con el amor que Jacinto iba desarrollando hacia Apolo, atormentado por los celos, decidió la muerte del muchacho.

Una tarde, en que Apolo y el adolescente estaba jugando lanzando un disco (otras versiones habla de unas flechas). En una de las tiradas, el Dios envío el proyectil altísimo, y Céfiro ejecutando su venganza surgida del despecho, sopló haciendo que el disco se desviase, chocase contra una piedra y fue a impactar contra la frente de Jacinto con inusitada violencia.

El hermoso efebo murió al instante, y ni siquiera su amante divino logro socorrerle. Únicamente tuvo tiempo de abrazarle y besar sus cabellos negros con cuyos rizos iba mezclándose la sangre roja que iba cayendo al suelo.

Horrorizado Apolo, trato desesperadamente de contener la sangre que manaba de la frente, sosteniendo al muchacho en sus rodillas, pero todo fue en vano. Lo único que pudo hacer, en su dolor, fue transformar la sangre que manaba de la cabeza del muchacho en una hermosa flor de color rojo púrpura, que desde entonces, para perpetuar su memoria pasaría a llamarse la Flor de Jacinto.

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“Dicen los fabulistas que Bóreas amo a un hermoso mozo llamado Iacinto, era otrosí Iacinto amado del dios Apolo, y porque Bóreas sintió la voluntad de Iacinto inclinarse mas a amar a Apoco que a él, enojose. Tanto amaba Apolo a esta mozo que olvidándose de si mismo anda la lo mas del tiempo en su compañía. Aconteció que una vez, queriendo hacer ejercicio del juego que llaman de la chueca, tomo primero Apolo la bola y echándola en alto hasta pasar las nubes, dende a grande rato cayó en tierra.

Iacinto, inflamado con deseo de jugar, fue indiscretamente a tomarla cuando de alto caía, y como en tierra diese, resulto tan recio, ayudando a ello Bóreas, que hirió a Iacinto que tomarla quería, según mas largamente Ovidio cuenta.

Confuso Apolo, tomo al mozo en sus brazos, apiadábale poniéndole hierbas con que la vida (que ya se le iba) mas se le detuviese, díjole que siempre seria con él en su boca y en sus cantares y cítaras.

Tu serás flor nueva, le dijo mas, y en ti serán escriptos mis gemidos.

En tanto que esto hablaba Apolo, la sangre del mozo Iacinto, que esta sobre las hierbas derramada, dejo de ser sangre y comenzó a tener color de grana muy fina; y no solo esta honra le hizo Apolo, mas aun escribió en él sus gemidos, y quedo en aquella tierra por memoria que cada año hagan fiestas de la muerte de Iacinto”

(De crónicas antiguas)

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En la leyenda de la muerte de Jacinto se ha visto el símbolo del sol de verano que con su ardor mata las flores de primavera. En esta época del año se celebraban en Laconia las Hiacinticas o fiestas de Jacinto. El primer día de la fiesta está consagrada a demostraciones de tristeza por la muerte del adolescente, y al día siguiente resonaban los acordes de la citara y la flauta, y mancebos y doncellas formando alegres corros celebraban la apoteosis de Jacinto y su inmortalidad.

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De “La Metamorfosis” de Ovidio.

Un día, a la hora de la siesta, el joven Jacinto, queriendo jugar con Apolo, le pidió a éste que se prepararan para el ejercicio, aligerándose de ropa y untándose todo el cuerpo con aceite.

Apolo tira el primero su flecha con tanta destreza y fuerza que se eleva sobre las nubes y retumba al caer sobre la tierra. Jacinto, enajenado por el ardor del juego, pone todo su ímpetu en lanzar la suya. Pero lo hace con tanta torpeza y mala fortuna que el hierro, soltado bruscamente, le va a dar en pleno rostro, haciéndole caer bañado en sangre.

Apolo, palidísimo, acude a auxiliarle, le lava la herida, le aplica hierbas aromáticas para detener la hemorragia y prolongar la vida del muchacho… pero en vano. Ya su alma esta en otro mundo.

¡Mueres en la flor de la juventud, y he sido yo, amado Jacinto, el culpable por atender a tus ruegos! La muerte te ha tomado entre sus brazos, amado amigo”. Habiendo muerto por mi propia mano. Y he de pagar el crimen de encontrarme contigo para jugar. Veo la sangre y veo mi mano en ella. ¿Qué puedo hacer para que vivas siempre? Que puedo hacer para seguirte? ¡Mi único consuelo es el pensar que me ha movido el amor inmenso que te tengo! ¡Ojalá pudiera dar mi existencia por la tuya o morir contigo!

Las lagrimas de Apolo caían enlazándose con las ensangrentados cabellos del muchacho. Hyakinthos muere y su alma viaja al Reino de Hades. El dios se inclina sobre el oído del joven y le susurra. “En mi corazón vivirás para siempre, pero tu memoria vivirá siempre hermosa entre los hombres”

Y apenas pronunciadas estas palabras, una fragante flor apareció desde la sangre derramada. La llamaré Hyakinthos, y en sus pétalos aparecerá el signo del las letras “Ay”, como signo del dolor que el dios sufría.

Cita:
Leyenda de Niobe

Una de las figuras más trágicas de la mitología griega es la reina Níobe. Era hija de Tántalo, quien había sido condenado en los Infiernos a sufrir eternamente de hambre y sed por haber robado la comida de los dioses.

Níobe, hermana de Pélope, se había casado con Anfión, un gran músico que había ayudado a construir las murallas de Tebas atrayendo a las rocas con el sonido de su lira. Los dos esposos llegaron a ser reyes de esta ciudad.

Níobe tenía un gran motivo de orgullo. No era por su belleza, aunque era hermosa, ni por la habilidad de su esposo, ni por su reino ni por sus posesiones. Había dado a Anfión siete hijos y siete hijas, todos de gran belleza, y en ellos basaba toda su felicidad. Habría podido vivir una larga vida de dicha, pero sus palabras de orgullo trajeron la desgracia a su casa.

En una ocasión, cuando se celebraban los ritos de adoración para Latona y sus dos hijos, los dioses Apolo y Artemisa, la reina Níobe dijo a quienes la rodeaban:

-Qué tontería es el adorar a seres que no pueden ser vistos, en lugar de rendir pleitesía a quienes están frente a vuestros ojos. ¿Por qué adorar a Latona y no a mí? Mi padre fue Tántalo, quien se sentó a la mesa de los dioses. Mi esposo construyó esta ciudad y la gobierna. ¿Por qué preferir a Latona? Yo soy siete veces más dichosa, con mis catorce hijos, mientras ella tiene solamente dos. Cancelen esta ceremonia inútil.

El pueblo de Tebas la obedeció, y los rituales quedaron incompletos. Pero Latona había escuchado las palabras de Níobe, y su venganza no se hizo esperar. Llamó a sus hijos Apolo y Artemisa, les repitió las palabras de Níobe y los envió a castigar el orgullo de esa mujer.

Ocultos por las nubes los dos dioses pusieron pie en las torres de Tebas. Frente a la ciudad se celebraban juegos atléticos, en los que participaban los hijos varones de Níobe y Anfión. Apolo tomó su arco y sus flechas, y uno a uno mató a los jóvenes. El menor de ellos, el único que quedaba, gritó al cielo: -¡Perdonadme, oh dioses! -Apolo quiso respetar su vida por su ruego, pero la flecha ya había abandonado su arco y el muchacho cayó muerto.

Advertida por los gritos de la gente, Níobe llegó al campo donde se encontraban los cuerpos de sus hijos. A su alrededor estaban sus hijas, que compartían con ella su dolor. Pero una a una, ellas también fueron cayendo sin vida, por los dardos lanzados por Artemisa.

Abrazando a la más pequeña, mientras las demás yacían a su lado, Níobe gritó: -¡Dioses, dejadme al menos una! -Pero fue inútil, pues pronto la niña se desplomaba con una flecha en su pecho.

Al ver a sus hijos muertos, Anfión se enfureció. Se dirigió al templo de Apolo e intentó prenderle fuego, pero el dios lo abatió con sus flechas. Níobe tomó en sus brazos el cuerpo de la más pequeña de sus hijas y huyó enloquecida a Asia Menor. Los restos de su familia permanecieron insepultos durante nueve días, pues los dioses habían transformado en piedra a los habitantes de Tebas. El décimo día, los propios dioses les dieron sepultura.

Níobe vagó con el cadáver de su hija hasta llegar al monte Sípilo. No pudo avanzar más, pues su dolor no le permitía moverse. El viento no agitaba su cabello, sus ojos quedaron fijos en el rostro de su hija, la sangre dejó de fluir dentro de ella. Se transformó en una roca, pero sus ojos siguieron vertiendo lágrimas que dieron origen a un manantial.

Existe otra doncella de nombre Níobe, que era la primera mortal con la que se unió Zeus, pero esa es otra historia.

SOL

APOLO EL DIOS RADIANTE

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